Donal Trump da perdón a ex alguacil Arpaio.

Definitivamente Donal Trump no solo es una amenaza para los inmigrantes , es una amenaza pera su propio país, ahora perdonado al ex alguacil Joe Arpaio . El ex alguacil usaba una prisión con aire acondicionado para proteger a perros maltratados y decía que alimentar a esos animales le costaba más dinero —pero estaba bien— que dar comida a los presos que apiñaba en tiendas militares bajo el sol asesino de Arizona. Arpaio trataba a los perros como humanos y a las personas como bestias.

Arpaio perseguía a los latinos y los cazaba como si fueran animales, los enceraba en una prisión que le llamaba Tent City (la ciudad de las carpas). Los prisioneros debían vestir traje a rayas, como en las películas, y usar calcetines y calzones rosados. Estaban obligados a hacer trabajos forzados.

¿Qué otra cosa que el reflejo de Trump en el campo es Arpaio? El mismo presidente, en campaña, dio una muestra de la crisis del sistema político y legal estadounidense cuando se jactó, como Arpaio con sus campos de concentración, que él podría asesinar a balazos a una persona en la Quinta Avenida e igual seguir como si nada en su carrera a la Casa Blanca. Enfrentemos esto: el hombre que se ufanaba de poder matar sin consecuencias acaba de perdonar al que torturaba en campos de concentración sin reparos. Ese es el mensaje del nuevo Estados Unidos para el mundo.

El perdón a Arpaio es una nueva amenaza a la democracia, una burla cínica. Trump acaba de teatralizar un perdón a sí mismo. Arpaio ha desobedecido de manera flagrante a jueces federales que le ordenaron detener una práctica racista, ha regido una policía a su medida, ha interpretado la ley a su gusto y ha violado sistemáticamente los derechos de miles de personas —inocentes o no— con el único afán de hacer lo que él cree que es correcto. En Arpaio, como en Trump, solo importa la voluntad personal. Si la ley es un obstáculo, hay que mandarla al fondo del cajón.

Donald Trump ha hundido un clavo más en el sarcófago de la democracia liberal. El presidente de Estados Unidos perdonó a Arpaio sin cumplir las condiciones normales de los indultos presidenciales ni la revisión del Departamento de Justicia. El exalguacil siguió diciéndose inocente aun cuando las evidencias en su contra eran irrefutables. Trump eligió oponerse a la ley y se alineó con un criminal. Y lo hizo desafiante como quien se cree dueño de una plantación de bananas. Unos días atrás, se plantó con jactancia en un acto proselitista en Phoenix y anunció que, tal vez mañana o quizás la semana siguiente, él y solo él, decidiría sobre la futura alegría de un policía corrupto. No hubo debido proceso: el presidente, patética copia de un protozar autoritario, decidió según su deseo.

Por supuesto, el perdón fue celebrado por los seguidores duros de Trump. No hubo dudas entre ellos: el presidente y el ex alguacil Arpaio defienden los mismos ideales. Un compendio de ideas nacionalistas demasiado cercanas al neofascismo sostenidas por una ardiente base de hombres blancos temerosos y resentidos, incapaces de comprender cómo el mundo se ha vuelto más sincrético y menos dominado por su raza. Perdonar a Arpaio, un policía racista que creía encarnar al buen estadounidense, no puede resultar más a la medida.

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